LOS PAISAJES EXTRATERRESTRES DE TURQUÍA (27/06/2022)

El no saber muy bien a donde vamos, nos pasa muy a menudo, y este es uno de esos momentos.

Dejamos atrás esta magnífica ciudad. El paisaje de la llamada Anatolia Central que nos acompaña es desértico y sin apenas vida en los alrededores. Vamos en dirección a un lago de sal del que hemos oído hablar, pero al tener la friolera de 1.665 km2, por dónde abordar este lugar, es toda una incógnita para nosotros.

Este es un lago sin salida fluvial y durante el verano la mayor parte del agua se evapora y deja en la superficie una capa salina con un espesor medio de 30 cm. Se trata del segundo lago más grande de Turquía, y es uno de los lagos de sal más grandes del mundo.

El día se ha despertado con un cielo azul intenso  acompañado de unas preciosas nubes, y de repente una línea blanca que parece no tener fin, se divisa en el horizonte.

Nos gustaría encontrar un lugar alejado de la carretera donde poder pasar unos días junto a esta belleza natural.

Por fin y después de kilómetros, divisamos un poblado con unas cuantas casas. Por el primer desvío que vemos nos lanzamos con La Española surcando terrenos con unos boquetes tremendos y atravesando una zona agrícola de cereal extensivo, y donde los animales siguen siendo esenciales para las labores de cultivo.

Cuanto más avanzamos, más parece que nos alejemos del lago, y los caminos cada vez se van haciendo más estrechos. Tenemos la sensación de que en cualquier momento nos tenemos que meter a uno de los bancales que tenemos a ambos lados para poder dar la vuelta, aunque posiblemente ya no salgamos.

A lo lejos divisamos unas grandes instalaciones, parece una planta de secado de sal. Este recurso, genera gran actividad industrial en la región, especialmente en lo que se refiere a su procesado y refinado, llegándose a producir el 70% de la sal consumida en Turquía.

Gracias al GPS podemos ubicarnos e intentar, buscar un camino que nos lleve junto al lago teniendo como referencia la planta de sal.  Y finalmente, esta encrucijada de senderos nos conduce a uno principal que conforme avanzamos, se aproxima a una de las orillas del este gigantesco lago donde presenciamos una de las imágenes más bellas que hayamos visto en este país. Su superficie no se ha secado totalmente y el cielo se funde con el agua como si de un espejo se tratara. En las orillas tiene un color rosáceo debido a un alga llamada Dunaliella, que florece y tiñe el lago proporcionando un bellísimo y singular paisaje. Con el calor del verano está casi seco, pero hemos tenido la suerte de que hay zonas donde todavía queda agua y donde esta magnífica alga deleita nuestros sentidos ofreciéndonos un verdadero espectáculo.

 No hay ni un alma en este paraje de tan solemne belleza excepto nosotros, cuya misión ahora es decidir donde montar el campamento.

  • Darling, y si aparcamos en medio del lago –sugiero a Jose.
  • No sé, vamos primero a patita por si las moscas.

Descendemos desde lo alto del sendero y el primer pié que ponemos sobre esta superficie salina agrietada, se nos hunde a los dos a la altura del tobillo.

  • ¡Menos mal! –le digo a Jose.

Aun así, seguimos lago a dentro y saltamos, bailamos y disfrutamos de este momento mientras nos vemos reflejados en estas mágicas aguas de sal.

             

            

Al final de este sendero, hay un montículo con un ancho perfecto donde poder instalarnos y con unas bonitas vistas al  lago que parece no tener fin.

            

Aquí pasamos varios días con unas temperaturas ideales, contemplando esta belleza natural, y enamorándonos de sus atardeceres solitarios en este espejismo infinito.

               

Y aunque no es fácil abandonar tal escenario, sabemos que nos acercamos a los territorios más míticos de Turquía, esos que parecen extraterrestres y estamos deseando abordar; la famosa Capadocia.

Si bien es cierto que las redes sociales están invadidas de miles de fotos y vídeos de estos valles y muchas veces la foto nada tiene que ver con la realidad, tenemos un poco de miedo de encontrarnos un verdadero circo y no poder disfrutar como nos gustaría la magia de esos parajes. En cualquier caso vamos a intentarlo.

De camino hacia estas tierras, se encuentra otro valle, Ihlara. Un cañón de quince kilómetros de longitud flanqueado por paredes de más de ciento cincuenta metros.

Conforme nos aproximamos, magníficas formaciones rocosas se elevan de la tierra formando unos montículos espectaculares. Vamos en busca de un lugar donde poder pasar la noche para mañana comenzar a explorar la zona.

Pasamos el pueblo de Selime y nos  adentramos por un camino sin asfaltar en busca de vistas al cañón.

  • ¡Jose cuidadooo !

El camino comienza a tener una pendiente considerable y al fondo sólo se ve el vacío. Justo en el borde del precipicio, aparcamos nuestra casita y sacamos nuestras tumbonas para disfrutar de otro maravilloso atardecer que nos regala Turquía. Unos niños pasan jugueteando y paran a curiosear, La Española sin duda llama la atención. Cuando les hablamos, se ríen y salen corriendo.

           

La noche es más que tranquila, aunque tengo que reconocer que cuando dormimos a lado de precipicios y con las ruedas sobre el último nivel de los calzos, siempre tengo un ojo medio abierto por hay que hacer evacuación de emergencia.

Amanecemos casi con la salida sol, que en esta época del año es muy madrugador y conducimos hasta la entrada del cañón que se encuentra en la población de Belisirma.  Y como se dice que “ a quien madruga Dios le ayuda”, a nosotros nos ha permitido entrar gratis, puesto que no hay nadie en la taquilla de cobro. Cuando se está inmerso en un periplo de tan larga duración cada euro que nos ahorramos se aprecia.

Nos adentramos por un sendero a solas, acompañados primero por el silencio y ruido de nuestros pasos que poco a poco se ve acompañado por el del río y el de los pájaros.

Conforme avanzamos las aguas del Melendiz, se van volviendo más bravas y el cañón adquiriendo una geología espectacular. En estas paredes hace cientos de años, se excavaron en la roca magníficas iglesias bizantinas con unas pinturas que muchas han conseguido preservar hasta nuestros días. Trepamos por escaleras que nos conducen hasta ellas y no dejamos de sorprendernos de su belleza y de su misticismo. Continuamos durante horas recorriendo este cañón y estas cuevas sagradas llenas de arte. 

          

           

           

A la vuelta, en el parking ya hay bastante movimiento, sobre todo de muchachos que nos invitan a sentarnos en uno de los restaurantes flotantes que se han construido sobre el río, y que atraen a los turistas a tomar una buena trucha o un té.

Por unanimidad decidimos ir en busca de un campamento algo menos arriesgado que el de la noche anterior y comer algo de lo que tenemos en la despensa.  Encontramos un bonito paraje junto al rio y aquí nos instalamos.

Después de una buena siesta como habituamos a hacer, cada uno nos sentamos en nuestro mini sofá a leer un rato y por la ventana veo una escena que me hace salir de la casa.

Una pareja de novios con su séquito de fotógrafos y acompañantes, están inmortalizándose con La Española, esto es muy divertido. En cuanto uno de los fotógrafos me ve, me pide que nos hagamos unas fotos con los novios para su foto-book.

  • Si, por supuesto, un momento –le digo.
  • Darling, ponte la camiseta trotamundos que nos vamos a hacer un reportaje de fotos – le digo a Jose.
  • Vale –me dice sin hacer más preguntas.

Salimos los dos corporativos y, claro, nos da la risa de ver la situación, pero nos lo pasamos pipa posando con esta parejita que no habla ni una palabra de inglés pero que sin duda nos han encontrado originales para formar parte de este momento tan especial en sus vidas.

           

Con el entusiasmo de la sesión fotográfica, no nos damos cuenta de que hay un batallón de mosquitos que han encontrado buena sangre fresca y se están poniendo las botas, con lo que rápidamente desaparecemos de la escena y nos atrincheramos en nuestra casita mientras vemos al enemigo buscando una rendija por donde poder atacar.

Teniendo en cuenta la estrategia del madrugón, decidimos abordar otro espectacular paraje que tenemos a cien metros de nuestro campamento.

Diría que podría ser el escenario para una película de Star Wars, o al menos creemos que George Lucas se inspiró en ellos.

Aquí nos deleitamos paseando entre en este escenario de cine y sin nadie a nuestro alrededor, a excepción de dos perros que han decidido pasar la mañana con nosotros para ver is hay desayuno. Seguro que sí, porque nos han caído bastante bien.

En este valle, muchas de las cuevas excavadas en estas gigantescas rocas, todavía se utilizan para guardar el ganado y el pienso para los animales, con lo que no es un lugar tan turístico, ya que mientras uno lo explora hay un aroma a estiércol poco apetecible.

           

          

Antes de que venga el guarda de seguridad no largamos y ponemos rumbo a La Capadocia. Vamos a ver lo que nos encontramos.

Conducimos por una carretera secundaria que atraviesa algunas poblaciones. Al paso por Gülagaç vemos que hay un gran bullicio. Debe ser día de mercado, sin duda una de las atracciones de este país que no hay que perderse, y más en la Turquía profunda donde los únicos forasteros somos nosotros .

Las gentes han salido a las calles a vender sus géneros, llenándolas de colores y aromas. Frutos secos, especias, frutas, verduras, artículos para menaje, de droguería… Muchos de estos puestos son de un solo producto, lo más probable es que el dueño lo cultive y venga aquí a venderlo.

Al paso por uno de tomates, Yusuf  nos hace el alto, le acompaña su mujer, su niña y un par de amigos. Sentados en taburetes, toman el té y nos invitan a unirnos con ellos. Yo me abstengo y a cambio no paran de darme tomates, uno tras otro, sin duda más apetecible a estas horas y más fresquito;  pero me dar una indigestión.

Nos pide que les tomemos una foto, y así hacemos, igual que al resto de personajes que dan vida a este magnífico escenario de la vida cotidiana turca perdido en estas tierras de la Anatolia Central. Y con un magnífico reportaje y unos cuantos kilos de tomates, regresamos a La Española.

          

          

          

          

Conducimos durante aproximadamente una hora y media para llegar a otro escenario extraterrestre, por fin , La Capadocia.

En cuanto dejamos esta ruta secundaria el tráfico se multiplica por diez, los autobuses descienden por una carretera que los conduce a la población de la región por excelencia, Göreme.

Ver tanto movimiento nos abruma y decidimos no formar parte de la larga cola de vehículos que parecen hormigas dirigiéndose al hormiguero.

Al paso por Uçhisar  una curiosa población enclavada en la montaña y coronada por una fortaleza,  vemos un camino secundario que se aleja de la carretera y donde encontramos un ancho que de forma repentina  se interrumpe en un cortado de vértigo  y con una de las vistas más espectaculares que hayamos visto hasta ahora.

Sin ninguna duda al respecto, nos instalamos en este borde del terreno y con la terraza que muchos de los hoteles de lujo que hay aquí envidiarían. Sacamos todos nuestros bártulos y pasamos horas contemplando estas formaciones esculpidas  en este terreno a lo largo de los años, por más que intento llevar la mirada a mi libro, no lo consigo.

                       

Y este magnífico escenario, requiere una cenita de lujo. Sacamos de la despensa algunos de los manjares que María Jesús nos regaló y saboreamos productos de nuestra tierra con un atardecer mágico sobre tierras turcas.

Pero no siempre es todo perfecto, unos rayos en el horizonte que ponen la guinda al pastel de este escenario, se van a acercando poco a poco. Los tonos dorados del atardecer tornan en un gris oscuro que nos muestran un cielo misterioso y enfurecido, que en cuestión de minutos descarga sobre nosotros el diluvio universal. ¡Qué rápido hemos tenido que comernos los últimos trozos de chorizo!

 Con la que está cayendo, es difícil conciliar el sueño, pero imagino que en un momento, cesaría la lluvia y caeríamos rendidos.

Sobre las cuatro y media de la madrugada, unos sonidos que ya había escuchado en Pamukale, me despiertan sobresaltada. Como luciérnagas gigantes, parpadean a lo lejos cientos de globos aerostáticos que van alzando su vuelo poco a poco hasta poblar el cielo que va tornando de negro a rojizo. Abrazados como dos tortolitos, contemplamos el espectáculo y nos sentimos más que afortunados.

              

Después de un buen desayuno decidimos abordar el llamado Valle de los Pichones, llamado así por todas las casas que estos pájaros tienen cavadas en los montículos, y  deleitándonos a lo largo de este recorrido que nos conduce desde Uçhisar hasta Göreme.

           

           

Göreme también es un poblado Troglodita por sus características casas excavadas en las rocas. A nuestra llegada, un gentío tremendo perturba la paz que nos había transmitido nuestro paseo.

Las llamadas casas cuevas, se han transformado en hoteles de lujo a los que no les faltan suits con jacuzzi privado, y terrazas con vistas, si bien tengo que resaltar que la nuestra en primera línea, es difícil de igualar. Los restaurantes, las tiendas de souvenirs  y las agencias de excursiones han conquistado las calles del poblado donde decenas de operarios y máquinas introducen tuberías y cables convirtiendo este mágico poblado en un verdadero caos, al que no le vemos ningún atractivo.

En busca de un supermercado para comprar los básicos, nos topamos con un chico que por la matrícula de la moto es español. Nos da una alegría tremenda, está al teléfono, pero aun así le preguntamos que de donde  es, nos responde con pocas ganas que de Barcelona, y sigue a lo suyo sin mostrar el menor interés en nosotros. Parece ser que no todos los españoles tenemos el mismo interés por encontrar paisanos. Íbamos a esperar a que terminara de hablar, pero visto lo visto, decidimos seguir con la búsqueda hasta que nos topamos con un super que nos vacía los bolsillos en cuestión de segundos.

Después de un par de días en  nuestro campamento, decidimos explorar otro valle con un nombre muy romántico, el Valle del Amor.

De camino, a lo lejos vemos una caravana que viene en sentido contrario y que ya nos es bastante familiar.

  • Darling, es Jean Baptiste – le digo a Jose.
  • Siiii –me dice entusiasmando.

Cuando va a nuestra altura pegamos ambos un frenazo en seco creando una buena cola detrás mientras nosotros estamos de cháchara a toda voz. ¡Jajajaj!

  • Nos vemos entonces mañana –nos
  • Vale –le contestamos.

Para llegar al lugar que nos ha indicado Jean Baptiste tenemos que atravesar la zona circo de la Capadocia, donde cualquier antojo que quiera el turista se hace realidad;  desde alquilar un coche descapotable por 50€, hasta hacerse un reportaje con un vestido de ensueño por 200€, o montar a camello,  o tragar una buena dosis de polvo sobre un kwad y por supuesto no olvidemos el globo, que es la atracción estrella del lugar y por lo hay que pagar unos 180€. Lo más molesto, son los kwads, porque van en largas caravanas formando un escándalo tremendo y levantando hasta el último grano de arena de estos caminos de tierra, que nos conducen a unos cortados que impresionan.

            

            

Nosotros acabamos haciéndonos un reportaje de fotos con unas damas de Puerto Rico que llevaban estos increibles vestidos y con las que hicimos buenas migas. Los Manchegos, siempre haciendo amigos.

                               

Si el Valle de los Pichones era una maravilla, este aunque más concurrido, bajo unos acantilados de vértigo tiene unas formaciones llamadas Chimeneas de Hada. Sin duda ya el nombre es mágico.

Estas chimeneas, se  formaron gracias a la erosión ejercida durante miles de años en montículos cuya  parte inferior es de tufa, una tierra frágil de origen volcánico, y en la parte superior de basalto y andesita Durante el cuarto período geológico, las lluvias erosionaron estas formaciones, dejando montículos de tufa coronados por un sombrero de basalto , cuya altura puede llegar a los cuarenta metros. Las rocas duras de la parte superior protegen a las rocas blandas de la parte inferior haciendo un efecto paraguas.

No sabemos muy bien donde montar el campamento, intentamos retirarnos lo máximo posible de toda la algarabía, que al atardecer está en su punto más álgido, ya que  las superficies talladas de estos montículos cambian de color con cada puesta del sol, haciendo que estás imponentes formaciones rocosas se vuelvan un paisaje increíble. Y por supuesto nosotros también queremos inmortalizarnos con nuestro atuendo manchego para la posteridad.

Cuando volvemos a nuestro rinconcito de este valle, vemos una camioneta con matrícula española haciendo unas maniobras para instalarse, porque en este terrero, esto es algo complicado y si uno no se anda con ojo, por tener unas vistas de cine, puede acabar empotrado en una de esas chimeneas con un nombre tan idílico.

  • ¡Hola chicos! –les decimos a coro Jose y yo.
  • ¡Hombre españoles! – contestan, y se echan a reír de ver nuestro atuendo.
  • Sí, manchegos, jajaja –echamos a reír todos.

Nos instalamos todos al final del valle y al borde de un cortado que nos ofrece una vista maravillosa, con la que nos deleitamos mientras degustamos productos de la tierra, que todos sacamos de la despensa para celebrar el encuentro. No todos los dias encontramos españoles por el mundo.

         

         

Pasamos una velada de risas y de historietas, y nos vamos a la cama con la esperanza de que mañana salgan los globos, porque llevan dos días sin volar debido a las condiciones adversas de viento. Y todo hay que decirlo, el gran negocio de la Capadocia nos tiene entusiasmados.

Entre sueños, oigo como si fuera un soplete gigante junto a la oreja.

  • Darling, los globos –le grito.
  • ¿Qué? –me responde Jose todavía en el séptimo sueño.

Me asomo por la ventana y no lo puedo creer, están ahí mismo, junto a nosotros, es un alucine. Poco a poco van poblando el cielo, los rayos de sol que comienzan a salir los iluminan. Simplemente maravilloso.

              

               

             

Cuando termina el espectáculo, nuestros amigos vuelven a la cama pero nosotros nos pegamos un buen desayuno e intentamos ver la manera de explorar este valle, que si desde las alturas se divisa espectacular, explorarlo paseando cerda de estas formaciones debe ser toda una experiencia.

Por más que intentamos descender no hay manera, y al darnos cuenta del riesgo que tenemos de rompernos la crisma, decidimos hacer los cuatro kilómetros de recorrido que hicimos con el coche. Nos ha quedado claro que hacer una ruta de senderismo no es una actividad muy común y que desde luego no genera ingresos, con lo que ¿para qué habilitarlas y poner señalización?

Una vez que hacemos el descenso recorriendo la zona circo y el minúsculo arcén de la carretera, nos adentramos en el valle y pasamos las horas explorando sus rincones, divisando las colosales chimeneas que brotan del terreno y sintiéndonos minúsculos junto a ellas.

                  

                   

Cuando se disfruta tanto, el tiempo pasa volando y el sol nos recuerda que hay que pensar en volver al campamento. Si bien es cierto que las temperaturas aquí en la Capadocia están siendo casi perfectas, después del mediodía y hasta que empieza a caer el sol, lo mejor es buscar cobijo bajo una buena sombra. Intentamos por todos los medios, buscar desde abajo un sendero para ascender, ya que divisamos La Española desde donde estamos que podrían ser unos doscientos metros,  pero tal vez inaccesibles. Por más que lo intentamos, esto es un auténtico laberinto sin salida, con lo que después de varios intentos fallidos con algún que otro resbalón, y como no somos escaladores, decidimos dar media vuelta, aunque tal vez demasiado tarde.

Se nos ha hecho la una del mediodía  y una vez que alcanzamos la carretera, el asfalto desprende fuego y un terrible olor a betún, con lo que le propongo a Jose hacer autoestop, pensando que con lo majos que son los turcos, en seguida nos subirán al menos para recorrer el tramo de carretera. Lo gracioso hablando irónicamente, es que todos pitan pero ni uno para, ¡serán desconsiderados! ¿No ven que nos va a dar una insolación?

Conseguimos por fin alcanzar el camino de tierra con la cara color granate y chorros de sudor cayendo de nuestra frente, por lo menos ahora, el camino es llano. Con lo que no contamos, es que decenas de kwads están haciendo la excursión del polvo y nos dejan rebozados.

Por suerte, después de un kilómetro, un pitido por detrás, nos hace apartarnos del sendero. Es Jean Baptiste, que vuelve al campamento, ¡qué suerte!, nos encaramamos  en su caravana de un salto y respiramos.

Cuando nos acercamos al campamento, vemos que Rodrigo y Lidia se han ido, nos han dejado una nota en la que nos comentan que van al pueblo en busca de una zona con wifi, ya que ellos teletrabajan y necesitan tener conexión. Pero los que  han llegado, son  Sevan y Chloé con Lucky, el pobre muy mal herido porque tuvo un accidente en la carretera hace unos días cerca de Konya y un coche le atropelló.  Acercamos nuestra furgo a la suya y nos colocamos todos al borde de unos de los precipicios más dramáticos que ha sido elegido por Jean Baptiste, el francés temerario.  Las vistas son difíciles de mejorar, pero como a uno se le vaya el freno de mano, caemos todos en masa.

                        

Pasamos el resto del día con nuestros amigos, y al oscurecer, más  viajeros acuden al lugar donde estamos. Son una verdadera comuna francesa, por suerte hablamos el idioma galo y esto nos ayuda mucho a tener una velada muy divertida, degustando unas buenas carnes hechas al fuego y unas tapas que preparamos nosotros para dejar el listón español en su sitio, y más teniendo en cuenta la publicidad que llevamos en La Española.

Aunque nos hemos acostado a las tantas, a las cinco de la mañana ya estamos todos en pié para disfrutar de nuevo del espectáculo aéreo. Pero hoy sí decidimos volver a la cama y hacer como llaman nuestros amigos “la grasse matinée” que básicamente significa quedarse en la durmiendo hasta que a uno le apetezca.

            

          

Pasamos un par de días con el grupito; aprovechamos para escribir memorias de viaje, para limpiar un poco la casa y sobre todo disfrutamos de una magnífica compañía con un paisaje maravilloso.

Y por supuesto que nos quedaríamos aquí semanas, pero hay que seguir camino, aunque no sin explorar otro de estos valles.

Nos despedimos de nuestros amigos que sí deciden pasar aquí otro día y nos dirigimos a otro lugar de vértigo, el Valle Rojo. Tal y como su nombre indica las formaciones rocosas que lo componen tienen unos colores rojizos que se acentúan al atardecer y donde otra vez solos disfrutamos de nuestro último atardecer en la Capadocia, este maravilloso lugar que tanto nos ha ofrecido. 

          

Nos llevamos en el corazón a nuestros nuevos amigos y en nuestras retinas amaneceres y atardeceres idílicos sobre estos paisajes de ensueño.